domingo, 24 de abril de 2011

La Patri, o "Patricia poetisa miserable"

Serían esos días en los que no se hacía verano, hace un tiempo atrás, en los que recordaba que te había visto sentada en un vagón de tren.

Eran días por demás calurosos, promediaba un noviembre eterno que venía con sus bolitas de navidad en las vidrieras de todos los negocios, que auguraban como profecía el año nuevo.

Había varias cosas que me faltaban hacer por entonces, como despedirme de algún amigo que se iba, o desprenderme de artefactos que todavía quedaban guardados..

No sabría por dónde empezar a hacer toda esa lista de pocas cosas importantes que nunca había hecho, porque se me olvidaban enseguida.

Tampoco fui hecho para mantener los recuerdos vívidos. Hay personas que parecen nacidas para mortificarse a cada hora con imágenes del pasado que rememoran como si estuvieran contando figuritas repetidas, y eso es algo que no tolero.

Aún así, después de un año, todas las circunstancias me devuelven a noviembre, cuando viajaba en tren por la mañana.

Me era cómodo, no tenía que sacar el auto y las cinco estaciones que hacía desde Tigre hasta San Isidro me resultaban placenteras. Además, los trenes tienen una esencia diferente, como si fuera la de todas las personas que viajan allí, paradas o sentadas, que bajan o suben con cada cambio de minuto, concentradas, entre bicicletas, en un furgón. No importaba a qué hora viajara, siempre estaban las bicicletas impidiendo el paso del pasillo hasta la puerta y entonces resultaba divertido atravesar el denso camino de gente que a las siete de la mañana todavía llevaba sus lagañas en la cara.

A veces el viaje me servía para terminar de ajustar la clase que iba a dar. Pensaba en El Matadero y me reía un poco. El matadero y pensar en una Argentina dividida entre unitarios y federales, y recordar a Rosas, pensar en Echeverría y si a él también le gustaban los trenes tanto como a mí.

Por momentos la clase se me traba y el plan del día se convierte en una rememoración de las fotos de Patricia, las que le había sacado durante ese noviembre de hace un año, que habían quedado guardadas en la memoria de mi celular, ocultándose del tiempo. Parecía inmaculada, una foto en el tren, otra en la plaza de San Isidro en frente de la Catedral, aquella caminando por la Avenida del Libertador…

Entonces vuelvo a pensar en Patricia, porque la tengo tan lejos que es más bien improbable traerla con un par de fotos y píxeles que no le harán nunca justicia a su belleza, que era pura y joven, y sobre todo, mía.

Creo haberla dibujado un par de veces mientras dormía y otras tantas cuando se sentaba sobre mi falda en la cama y le leía a Girondo o a Poe… Guardo sus líneas tiesas como si el grafito fuera el oro mismo, y son estos los únicos tesoros que guardo hasta el día de hoy.

Noviembre

La veía siempre en el andén de la estación de Tigre, sentada en el masetero, cargando una bolsa de supermercado con carpetas dentro.

Cuando no sabía su nombre, la reconocía por el pelo, que lo tenía siempre atado, con algunas hebillas de colores sujetando el flequillo y qué lindo marco de su rostro el que formaba su cabello oscuro, oscurísimo, y su piel tostada.

Ella me miraba, con sus ojos pronunciados, me pedía que le contestara la mirada que le había lanzado.

Pero con mucha inocencia, porque era una niña que procedía con cautela. Movía su pollera con cuidado para que yo la mirara, pero era una pollera pequeñita, como su cintura entalladísima que se marcaba en un contonear de piernas cuando pasaba caminando despacito y se sentaba en un asiento que había quedado vacío.

Hubo un día, uno de esos en los que dos asientos casualmente inhabitados encuentran a sus dueños, que nosotros dos nos sentamos lado a lado. Mientras viajábamos miré las hojas que llevaba en la bolsa de supermercado, porque las sacó y empezó a buscar una página. Entre tanto revolver y no encontrar, cuando el tren se detuvo en San Fernando, el movimiento brusco de los motores hizo que se le cayeran las hojas al piso. Le ayudé a recogerlas, y entonces vi que en esas hojas había poemas.

Eran sus manuscritos, y yo no lo entendí hasta más tarde, cuando le pregunté si los había escrito ella, a lo que me respondió que sí. Le pregunté cómo se llamaba, me dijo “Patricia”, y entonces supe que Patricia, que me dañaba el cuerpo con la sola contemplación del suyo, escribía poesías.

Quién lo hubiera dicho. Quién lo hubiera previsto. Ni si quiera yo, y qué grata sorpresa y qué burda erección me llevé esa mañana.

Al día siguiente la saludé con total naturalidad al llegar a la estación, mientras esperaba en la boletería, y entonces comenzamos a charlar, puesto que ella escribía y yo era profesor de literatura, mi interés se hizo literario.

La invité a tomar un café. Como esas cosas que hacen los intelectuales para parecer más intelectuales, (y no digamos whisky porque a nadie le gusta pensar que los escritores suelen darse al alcoholismo) y por qué no, que me contara qué escribía, porque me interesaba muchísimo. Mis alumnos nunca habían logrado escribir una evaluación con decencia, y yo, con toda mi docencia, iba a encargarme de sacar de ella la mejor de las poetizas: a fuerza de hacer el amor todas las tardes, cuando nos encontrábamos a la salida del colegio, ella, y la salida del colegio yo también.

Eran tres estaciones de distancia que separaban las escuelas, siete minutos en promedio arriba del tren, entre Virreyes y San Isidro.

Aunque también había un abismo, y una puesta en abismo de mi parte, porque no pude dejar de citarla a la misma hora, a las doce y media, cuando mi mujer partía con mis hijos al jardín, y eran dos horas de movimientos centrífugos entre cuerpos aplastados por un encuentro lírico de decir que los deseos se habían encontrado.

Cuando nos quedaba tiempo, ella me leía su último soneto, con un poco de vergüenza, pero yo nunca le corregía las rimas ni los versos.

Y a veces me contaba de sus hermanos (que tenían la misma edad que mis hijos), que todavía no podían ir al jardín porque su madre trabajaba y ellos se quedaban solos.

A mí me parecía un poco ridículo, esos nenes debían ir al jardín igual, pero después la besaba a ella y sus preocupaciones de pequeña madre se iban diluyendo…

Todo el día pensaba en Patricia, y la llamaba por teléfono a la noche. Recuerdo una vez, que me atendió y me dijo que estaba apurada (y de hecho sonaba agitada), que no podía hablar en ese momento porque estaba cocinando, pero que al día siguiente nos veríamos como siempre. Entonces le mandé un beso, le deseé buenas noches y me quedé mirando una película en el living.

Sabía que pronto iba a ser su cumpleaños, estaba por cumplir quince, pero esto yo no lo sabía entonces.

En algún momento me contó que iba a enviar algunos de sus poemas a un concurso, y que necesitaba que la ayudara a seleccionar cuáles pondría en el sobre. Le pregunté por qué no me los mandaba por mail, y me dijo que estaba sin computadora. Pensé que no le funcionaría bien, entonces me ofrecí para digitalizarlos.

Quizás nunca debí preguntar tanto. O era que mis preguntas nunca resultaban indicadas. Tampoco pensé que preguntando podría llegar a saber más de ella, ¿quería saber algo sobre Patricia? En la lejanía del tiempo puedo contestar que no.

Está claro que el miedo a lo que pudiera llegar a encontrar me atormentaba. Era más fácil verla desaparecer cada día, por las tardes, cuando caía el sol y era hora de despedirnos, que recordarle el mundo que me había inventado junto a ella.

Tampoco es cosa de todos los días encontrar una pequeña razón para sentarse a escribir, o para recordar con más ternura a Luci y a Tomás al volver a casa.

Y no es que fuera demasiado pedirle a la vida querer tenerla para siempre conmigo, sacarla de su casa como si la estuviera secuestrando, porque la estaría salvando para siempre de su vida miserable. Es cierto que yo sabía que era una persona miserable, pero no iba a decírselo todavía. Era muy chica para entender las miserias, apenas las contemplaba en sus poesías, acercándose apenas con versos a la idea de “desamparo”, que no puedo decir de Patricia (no podía tampoco decir de mí), que tuviera alguna idea mordaz sobre lo que realmente estaba sucediendo.

Las ideas se desvanecen rápidamente, Patricia, con la rapidez inexacta de los días que no acaban.

Los días se desvanecen rápidamente, Patricia, con la inmediatez putrefacta de los alimentos echados a perder porque faltó revisarlos. ¡Faltó revisarlos, Patricia! ¡Faltó darse cuenta!

¡Faltaron horas, faltaron días, faltaron bestias enajenadas que se se avalanzaran sobre la vida, y le arrancaran a la mierda de los días una herida de felicidad, Patricia!

¡Faltaron miserias! ¡Faltaron ojos! ¡Faltaron cuerpos, faltó violencia!

Me faltó darme cuenta que todo lo que pasé por alto es lo que hoy me aplasta la vida.

Lo que sobra es remanente de la conciencia que en tu memoria (la fantasmagoria de la niebla por la ventana del tren) hace que una locomotora me quite el aliento y me revuelva la tripa.

El paria




Durante años me contaste historias
Que nunca me atreví a narrar.
Escribo un punto aparte y tu voz se asoma
entre las venas de tus sienes
llenas de sangre.
Porque las vocales se disuelven en la voz
y los sonidos se desatan en tus furias
los recuerdos reprimidos y extenuantes,
las penurias heredadas
en mi duda.
¿Dónde estás hoy que no te puedo ver
entero?
¿Dónde se fue el niño que soñó ser marinero?
¿Dónde quedó ese viaje de la cáscara de nuez
que tus ojos llenos de cristales
me dicen que sé tan poco
de vos,
mi padre?
Quería contar la historia
de cuando fuiste a la guerra
y las manos se me endurecen
como si se congelaran de frío
y entonces entiendo y revivo tu muerte:
Tu carácter fuerte;
dijiste “morí allá mil veces” y “acá por ustedes vivo”
y yo digo que naciste de tu madre dos veces:
en algún un lugar en el Tigre
y en algún otro que está lejos.
Reformulo:
Paria.
No exiliado: de ningún lado.
Paria: muerto vivo.
Paria.
No muerto: vivido.
Paria: el que sacude el extremo más chiquito de la tierra.
Paria: el que perdió todo, el que deambula.
Paria: al que su patria traiciona y anula.
Padre, ¿qué excomulga la muerte
de tu vida, padre?
¿Qué pensás de la agonía de los parias, padre?
¿Qué hay con el silencio y el rencor, viejo?
¿Por qué el 2 de abril da vergüenza a todos
y a vos casi te cuesta el pellejo?
Viejo, ¿qué carajo fuiste a hacer allá, tan lejos?
Viejo, ¿qué tesoro inigualable,
patria inexorable,
qué pedacito de ternura,
qué sirenas te cantaron
para que amarrado a tu barquito de papel
te jugaras el cuerpo, viejo?
¿Estabas maniatado? ¿Te llevaron preso?
¿Te lavaron el cerebro esos militares?
¿O eras vos uno de ellos, viejo?
Me confunde, la historia, sabés.
A mí me enseñaron
en el colegio
que las armas matan
y que las botas hacen sangrar a las mujercitas
y que el cuentito de la guerra que me contaste
cuando tenía tres, mientras vos leías y nos hacías un té
eran mentiras.
Que fue el chiste de un señor borracho
que un día dijo “que vengan”,
y vos fuiste sin dudarlo.
Que en realidad era para hacer reír a una reina
de un reino muy, muy lejano…
Pero qué se yo.
Vos me decías que la tierra es el honor
de los hombres
y que la patria se defiende
con la carne
y que la carne alimenta
a los países
y que la Argentina es mi pedacito de carne.
Se me pone la piel de gallina,
sabés,
porque ahora soy más grande
y no me podés mentir
tan descaradamente.
Yo sé que en ese cuentito te faltaron datos
Porque tanta voluntad de sacrificio ritual
no podías tener con diecinueve años.
Porque el honor no mueve a ningún hombre
y la tierra es polvo en los zapatos
y coraje es levantarse temprano,
y la historia es un recuento de hiato.
Viejo, te veo queriendo amarrarte el corazón
para olvidar la sensación y el daño
para amordazar los recuerdos latentes
de cuando te levantás a la noche
porque ves a tu compañero herido
en el jardín del frente
y entre las flores y el pasto
 no hay nadie.
Padre, te veo tomando pastillas
para dormir tan pocas horas
y sacarte el ardor del viento
de los huesos
que dan gritos
desde un alma
más profunda que el océano,
multiplicados en eso que dicen
es stress post-traumático.
Pa, te veo levantarte cada día
lavarte la cara y llevarla a la calle
ocultando todo lo que es fantasma,
mirar al mundo extrañado,
abatido, envejecido,
secuestrado del tiempo.
Y finalmente te veo
queriendo vomitar una sangre
para limpiar la verdad inalterable de tus ojos
que repiten a fuego alzado al cielo:
“Si valió la pena me preguntan.
Pelear por Malvinas fue el privilegio.
Mi única condena fue volver.”
Escucho.
Entonces como hija
puedo resolver
que la historia que me cuentan no es mentira
sino ficción,
y que todo lo que digas
lo voy a llevar a donde la escritura transcriba
y se haga justicia el eco de vos.
El muerto viviente de la guerra de Malvinas.
El ex combatiente de la patria que lo olvida.
El sobreviviente de la historia argentina.
Quien quiera y lo siente,

repita su voz.
.-..-.


(Mi viejo, el segundo de izquierda a derecha.)

jueves, 24 de marzo de 2011

N veces tu sombra

Estoy dispuesta a cambiar la sombra, no así la vida desatada en el desastre cronológico de las personas que envuelven en el aire los sueños de los otros que se fueron e irremediablemente vuelven como fantasmas espantándonos de nosotros mismos. Me niego a verles las caras a las muertes pequeñitas montadas como la farsa de los días en el calendario, dispuesto sin querer y a medida en una luz de vereda que se trepa por la columna de tu casa. No entiendo los mecanismos de eyección que maneja tu cerebro para decirme que hoy es que no era el día que pasó ayer, porque la verdad es que tampoco lo reconozco como tal y es necesario reafirmarte las ideas, reaccionar entre la penumbra del día, -sí, a veces el día se llena de penumbra, y apesta- y encontrar una salida a los males de la humanidad, y como Maldoror, clavarle las uñas a un niño y ver en su sangre el rostro de los seres perfectos.

No pretendo con esto espantar una mirada ajena a la mía, por supuesto que todas las miradas me son ajenas, (en especial la mía) pero no riamos de esto ni hagamos de las palabras un circo: escuchamos balbuceos que se asoman desde la puerta, vienen caminando despacito y de repente están ahí, en frente tuyo, te sacude el espasmo, ¿no es así acaso? La voz se te pone tensa, me mirás a los ojos, ¿dónde más sino?, recorrés una mejilla que a veces se parece a la mía, y de nuevo el espanto atroz, desatado del contenedor-persona que eras hasta este momento.

Es tarde para pensar en qué fracasamos y por qué vencimos, si lo hicimos, es tarde porque así lo decide el tiempo para todos, horizontalmente o en el sentido de las dos agujas,y si tengo el reloj en la pulsera de la mano, se convierte irremediablemente en un embudo.

Resumiste tus cualidades en una ensalada de frutas incognoscible, sos terriblemente insensato frente a lo que diga y nunca, definitivamente nunca, te echás atrás para ver pasar las circunstancias, y meditarlas.

Este recuento de tropiezos es una medida que tomé hace unos minutos cuando mis manos estaban inquietamente desprendidas de mi cuerpo, exiliándose de lo que entendí toda la vida como persona de mí misma, y descreo profundamente de lo que digan.

Me desato moral e intelectualmente de ellas, apelo a la cura del inconsciente y deseo, de todo corazón, que te laves los dientes con shampoo y muerdas con un tenedor la sopa, por equivocación.

Y por evocación, que leas el nombre que te nombra, tendido de la soga, a punto de tocar el suelo, quebrar el cuello débil (incluídas las vértebras), y refrenarte para siempre del espanto que te va a causar verte escrito a manos de esta muerte dolorosa, de este ejercicio de escritura que es una condena perpetua, un juego macabro de torturas y maleficios, de cosquillas que traman lo peor y algún día, rezo por ello, verás caer esta enunciación en vos, y no vas a poder más que repetirla.

Aún así para esta condena estoy dispuesta a cambiar la sombra, no así el día.

viernes, 28 de enero de 2011

Besarmadero y sabotaje


I . Besarmadero

Destrozar la palabra para odiarla
y esfumarla en la bruma del nervio del ojo
donde te ves reflejado como un sendero de púas
a mi antojo desnudo y despojado de todo.

Como un cristo del dos mil once
posmoderno y en tus tablas altas
dispuestas como mesa o como estacas
talladas por mis manos artesanas…

Tengo astillas en los dedos
que recorren la sangre fluida
fluidos nuestros
todos tus ancestros
fueron polvo como somos
vos y yo.

Detener el tiempo para atarlo
a la silla de la muerte como
una pena (qué pena)
-----------------------de muerte
y qué mala suerte
---------------------verte
a vos sentado esperando primigenio
y virginal en la atadura
mordés tus vendajes y el trapo de tu boca
para decir con palabras
lo que dije con el sorbo de tu piel
minutos antes en mi espalda
el sentido afianzado por el cuerpo
resignado a tenerte por los pies y
por dentro del pedacito de carne tirado en la calle
y al verlo, verte en la calle y adentro.

Porque corté tus ojos con mis ojos
y se vierte
-------------tu sangre
-------------------------con mi sangre
verte escucharte o leerte
es tortura la misma
es la locura de antes.

Marcarte la soga que va al cuello
como serpiente o polea tirante
mi mano que tira más fuerte
tu mano que fue tan poco
------------------------------ -que llegó tan tarde-
por andar tendidos de las manos
atados plastificados mordidos y
----------------------------------------mentira porque no
porque sí era y ahora no.

Querer inventar escupiendo al cielo
esperando llanto divino en el trueno ajeno
reincidir en el llanto y en el odio
leer a -Ducasse y a Rimbaud
perder el rastro del espanto bacteriano
el cultivo en el desierto
ver a lo lejos una hojita verde
recordar la textura de los ojos que no son verdes
tener la prisa de tomar y arrancarla
para que no se vuele
y que no se espante de verme
con cuchillos cortar la rama
porque la asesina cuando mata
nunca mira a los ojos la muerte.


I I. Y sabotaje

Grita de la garganta
esa palabra odiosa
reprimida por formas y subconjuntos
de categorías roñosas
como ilusiones corrompidas
por una mano en una chota

¡Gimen los gritos de verte!

¡Gime de verte en la luz de la sombra!

Dice mentiras para escucharte vencerte
en un acabado trabajo,

¡Eyaculante bergamota!

Dice que no entiende la muerte
pero qué no vas a enteder vos

¡¡¿¿¿Sos idiota???!!

Que te vas en el hueco poroso
de una cabeza que llora lactosa
y después soy yo, lacrimosa.

¡¡¿¿¿Y me venís a decir el silencio???!!

¿Me venís a decir la omisión?

¿A mí me decís el ausente?

Prefiero tu boca en mi frente,
palmadita en el hombro
------------------------------y al carajo el adiós.

domingo, 16 de enero de 2011

Vena lírica

Daño
mi cuerpo
lo recupero
con agua
escupo tu cara
memoria

pienso
agujeros
lo siento
tu casa
se siente tan cerca
se huele la vida
entre tus sábanas

prefiero
no lo hagas

que me cuesta
tus ojos
¡me cuestan tus pestañas!
Se me sale la tripa
de pensar en tus pestañas

se me pasan los días
se deshace mi dicha
de palabras

y pienso

recupero mi cuerpo
tu cuerpo
con falo
el mío

también.

Saluden a la mujer con pito

¡Tiene un falo,
tiene un falo!

¡Lo sacude con orgullo
para que te espantes
de su rostro!

¡Y está vivo!



¡Eyacula

versos

de mí

en tu cara

poesías!


Volvé

que me vengo.

Y te extraño.


De tanto recordarte
y leerte poesías

recuerdo tu pito


y a mí me crece un falo.