El llanto está en la frente
comparte espacio con mi habla
ninguno escapa
la cabeza es un muro decorado con ojos tristes.
viernes, 25 de octubre de 2013
martes, 22 de octubre de 2013
Soy muy careta
Me dijo que leía a Girondo y me pudo
me hablaba de revolución y de vanguardia
y yo me enamoré de la superficie textual de su cuerpo
soy muy prejuiciosa
y si no escribe versos no me animo
tanto como si no se viste como quiero
porque lo que más me intriga
lo que más me excita
es su texto
soy una condenada grupi de la poesía
tan careta como una cheta de boliche
tan careta como un adicto vendiendo caramelos en el bondi
nunca podré recuperarme
de mis propios secuestros inútiles
tardes abriendo libros compulsivamente
haciéndolos caer por azar en hojas repetidas
el orgasmo literario tiene mucho de encuentros casuales
relaciones textuales y efímeras
conocí por chat a un poeta
me pudo al instante
nunca se lo dije
lo leo en silencio y le escupo en la cara
su propia gracia
no temo que me lea
no temo que me hable
sólo temo verme ridícula
enamorándome de la superficie de su texto
yo, que era tan esencialista
encontrando nuevos sentidos materiales
quizá era hora de hacerle frente a mi morbo
pero no pude escribirle ni un verso
no pude acercármele ni diez centímetros
no quise que me delate mi cara de acabada en vida
y me fui a leer poesía por ahí
en las oscuridades de los bares
y los centros culturales donde se juntan
otros tantos grupis poetas
que sólo saben nombrarse a sí mismos
repartirse en su propio cuerpo
egoístas y banales
se leen en voz alta entre ellos
y nos felicitamos todos,
si no deberíamos callarnos o tirarnos cosas
pero nos da miedo
vernos desgraciados diciendo tantas boludeces juntas
uno que sufre por amor se enamora de pendejas
otra que es una resentida putea y habla de su noche
yo, que no soy ni eso ni aquello
vuelvo a mi barrio
leo a mi poeta
y lo deseo como estúpida.
lunes, 7 de octubre de 2013
Lengua de Mandinga
Las poetas somos lindas, nunca hermosas
la nostalgia nos parte al medio,
el mundo nos convoca
y le cantamos las cuarenta:
con voz de sirena
hundimos barcos.
***
Soy peligrosa
porque tengo una lengua
que siempre
secuestra tu peor grito:
el que no sabía que ibas a encontrarlo
(entonces te morís de vergüenza
pero ya está todo escrito).
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Una historia del arte
Nunca hubo bibliotecas en mi casa,
ni libros apilados en las mesas
ni colecciones de obras colgadas en paredes enduidas.
En verdad, mi infancia transcurrió en una casa
que, como le decíamos
se parecía más a una caja de zapatos
y siempre con la mudanza inminente,
con todo a cuestas,
estaban los libros guardados también en cajas.
A veces buscaba distracciones
y encontraba libros
del magisterio que estudió mamá
de los viajes en barco de papá
y esos no tenían tiempo ni dueño.
Estaban.
Los libros estaban, aparecían entre hojas
o frazadas.
Yo me metía en la caja grandota
que había sido de un lavarropas
y que ahora tenía papeles y libros
y la caja era apenas más baja
que mi pelo atado con dos colitas y lienzos,
y revolvía todo y buscaba,
no sé bien por qué.
Nunca hubo bibliotecas en mi casa,
ni viajes a Europa
ni muebles heredados antiguos.
Sí hubo un televisor viejo de segunda mano
y cajas.
Muchas cajas.
Un día, encontré dos tomos grandotes
de papel.
Dos Quijotes.
Otro día, un papel bordó con nenitas
que envolvía
un Martín Fierro.
Mi mamá me insistía en que los leyera,
eran sus libros del magisterio,
y mi papá me decía que un tal Saer,
que escribía como yo.
Nunca supe de dónde emergía
ese gusto literario
ese placer de la lectura
si en mi casa nunca hubo bibliotecas.
Si siempre hablábamos de libros
pero nunca veía los libros,
sólo a veces.
Si los cuentos eran cuentos de hadas
y la literatura era un misterio de grandes,
si las historias de barcos estaban en las charlas con mi padre marinero,
las historias de provincia en los relatos de una abuela,
los partidos de izquierda en los domingos del almuerzo
cuando venía mi abuelo de izquierda,
en el amigo de mi abuelo de izquierda, que también era zurdo
y había estado en la selva,
con el Che,
y con los indios.
Se llamaba Ortega, le decíamos
El Indio
porque todas sus conversaciones comenzaban diciendo
"El problema de los indios..."
Ortega conocía también a mi tía Teresa,
lectora de Agatha Christie,
que a su vez estaba casada con Ernesto, el tío
que en su vida leyó un libro
pero contaba las mejores anécdotas de ciudad.
Nunca hubo bibliotecas en mi casa
ni en las de mis abuelos
o de mis tíos.
Pero historias y libros
siempre estaban las historias y los pocos libros
apilados en la mesa
guardados en cajas
sosteniendo la historia del adornito de Nefertiti
que había traído mi papá de Egipto
que había comprado en un viaje con su sueldito de marinero.
Pero la historia del viaje por el mundo no estaba en ningún libro.
La historia de la guerra en barco a Malvinas no estaba en ningún libro.
La historia del partido comunista no estaba en ningún libro.
La historia del estudiante de la ESMA durante la dictadura no estaba en ningún libro.
La historia del calabozo y la comida de mi abuela por la reja no estaba en ningún libro.
La historia de la hermana de la tía que había quedado monja en el convento no estaba en ningún libro.
La historia del amor adolescente de mi madre no estaba en ningún libro,
los sueños en los que a mi abuelo le martillaban la cabeza
o le sacaban los ojos, como a sus amigos, menos.
La historia del peronismo no estaba en ningún libro.
La historia del arte tampoco.
En mi casa nunca hubo bibliotecas,
sólo algunos libros en cajas
o en la mesa,
pero historias
tengo bocha.
miércoles, 28 de agosto de 2013
cuidado con las palabras (dijo) tienen filo te cortarán la lengua cuidado
el poder de la literatura es el contagio, y es tan poderosa, que construye sus trincheras con formato de cuarentena
de repente, toda lectura es un posible caldo de cultivo
vemos los síntomas porque el lector devino cuerpo enfermo
a mí me gusta la literatura terrible, así, contagiosa y sin remedio
por eso, cuando escribo, también me tengo un poco de miedo
viernes, 23 de agosto de 2013
El colectivero de la 720
Mi colectivero de la 720 me ama, lo sé.
Hoy me esperó con unas cumbiambas
y un LCD de 17 pulgadas nuevo.
A veces me seduce con los Redondos,
él sabe que soy Luzbelita.
Además cuando me cobró me guiñó un ojo,
yo apoyaba la SUBE en la maquinita
despacio
sensualmente
esperando que diga con su boca de pícaro
"un pasito para atrás, por favor"
para meterme en su colectivo
apretujándome.
Después me agarro fuerte de una
manija
y lo miro de reojo por el espejito que está al fondo.
Sé que también me mira,
y que cuando nos miramos nos amamos
porque cuando lo hace, prende las luces azules
pone la música más fuerte
y empieza a tararear moviendo la
cabeza
sintiendo la esencia
de nuestro origen.
Estas cosas en Capital no pasan.
Ojalá nunca prohíban
el estéreo de mi colectivero de provincia.
domingo, 18 de agosto de 2013
El culorroto
De chiquito era un ganador
un macho ejemplar.
Era lindo y en la escuela
se levantaba a todas las minas,
y estaba sólo con las que él quería.
Siempre fue más inteligente que el resto
de sus amigos
y siempre sabía cómo hacer
para conseguir todo lo que quiso,
hasta que un día
un día deseó
que le rompieran el orto.
Le daba vergüenza pensar en su orificio
en los grititos que pegaba
su circulito anal.
Le daba vergüenza pensar en él mismo
como el Culorroto.
Tenía una novia re linda,
cuando se lo rompieron por primera vez.
Era alta y esbelta
tenía una figura infartante
un cerebro imbatible
y un gusto particular.
Resulta que a la chica le gustaba
entrar
más que le entren
y entonces,
un día ella le dio la sorpresa
y le abrió la puerta de entrada
al placer del jardín de atrás,
donde cuando llueve todo se
convierte en barro
para lucha libre.
Ella le dijo "zas", vení, querido,
te voy a enseñar lo que tenés que saber
y él le dijo "bueno, querida,
pero que mis viejos no se enteren"
(y le entró).
Por eso, no te angusties,
si no te quiere,
si te dijo qué tremendo traste
el de esa mina
y nunca dijo nada
de tus tetas.
Él quiere distinto,
y se fue con tu amigo
que hace poco te dijo
"amiga, te vengué.
Le rompí el culo"
¡Ay! (gritó)
Zas, dolor
conocido.
Tánatos
y eros
de un lado y del orto,
es decir, del otro.
Sorpresa,
sorpresa,
nena,
el chico bien
el que te histeriqueó
era un culorroto.
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