jueves, 24 de diciembre de 2009

Una noche en "Warhol"

Me molestaron esos lugares todavía patéticos en los que me encontré mirando desde la vereda.
Los anteojos de sol de la gente, de noche, se repiten en trenzas y en rastas, rituales de hombres pasados-antes, muertos entonces-y-ahora, repetidos en formas siniestras.
Retractándose de sus similitudes, en vivo y en directo se debaten miradas de asco como luchas por tierras prófugas, con miradas que piden carnes y pieles: vuelven a mirarse y no se reconocen.
Así se ve la noche en la puerta de un bar, y el tiempo los ve pasar sentados, inmóviles, desgraciados, siendo lo que solamente pueden ser en un ritual carnaval de miércoles.
Las fieras están, pero no. Es difícil reconocerlas a simple vista porque si bien en las puertas se ven, quién te dice que el baterista de esa banda no es un licántropo peludo (pero depilado) y empaquetado para la ocasión.
La noche se ve así, a medias. Los sonidos se escuchan así, a tientas. Él mira espectante la mirada complaciente de la chica de los borcegos negros. Pienso que hace mucho calor para tremendo calzado, un veintitrés de diciembre como este, pero para ella serán necesarios porque en él también los ve y se reconocen amantes próximos. Su luna será dorada porque estando sentados en el cordón de la vereda se sienten completos, y yo los veo bastardos.
Ahora escuchábamos a Juan, y la chica linda lo alentó varias veces también en estas dos horas de espera.
Entré en el bar. La ciudad está desesperada porque tengo sueño y pocas ganas de mirarte hcaiendo señales de vida, si estás a mil galaxias de distancia y de una cabeza a otra se ve el silencio y se siente la desesperanza. Decime, ¿qué puedo hacer si adentro el sonido no me inspira una palabra, Juan?
De alguna forma, entiendo que venirte a espiar fue una gran mala idea. Lo que pasa es que soy curiosa y tu mundo, descubrí, no era tan infinito.
Estas historias no funcionan así: sólo espero que la gordita que acaba de pasar se queme el vestido con el cigarrillo porque me pasa por al lado y estoy un poco despeinada y puede dejarme calva en un segundo. Así que deseo de todo corazón que se queme y que le arda, porque no sé quién es, pero que le arda y le quede la circunferencia caractéristica de ese vicio de contamiarse, porque es ella o soy yo.
Dos mesas más adelante, la pareja vaivén se besa y les importó un carajo que el guitarrista estaba haciendo un solo de la ostia. Saben que alrededor habrá alguna que otra persona escribiendo en un cuaderno de colores o dibujando con el dedo en el piso, o tocándose también con algún pobre músico fracasado.
Sigo y busco a Juan, buscando que no me vea, y encuentro chicos vestidos de rojo, de espaldas.
Ya no sé cuánto más voy a seguir escondida. Tengo que ir al baño, estoy sola y eso es una catástrofe. El baño, para colmo, está contiguo al escenario. Baldozas a mí, despéguense del suelo que bajo tierra puede que me vaya a sentir mejor.
Me acerqué un poco, siguiendo a otras dos chicas que también estaban con cara de mearse. Me di vuelta para atarme bien el bolso al cuerpo y ahí estaba la pelotuda del cuadernito. ¿Qué necesidad tiene de sentarse al costado de la mesa, a la vista de todos, eh? ¿Acaso no puede escribir en su casa, más relajada y seguramente mejor cogida? A la vista de todos es tan evidente que bajo sus medias bucaneras y esa pollera con aires lejanos de bohemia nunca va a llegar a ser una escritora de verdad.
Hay lugares que no soporto, porque las personas parecen un amontonamiento de egos en un lugar que los decanta hasta que toquen fondo.
Juan está ahí, pero ya no lo quiero. Él se siente a gusto conmigo. Pero buscándolo vi que lejos es donde lo quise tener siempre.
El arte under es una mierda, y aún así me siento por debajo.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Franelas

Te saco un poco el polvo
Te doy una sacudida.
Te acomodo.
Te recorro y te paso el trapo.
Y te froto con mis propias manos.
Como si no estuviera ya sucia desde antes...

Te cuento

Conté siete vestidos enredados en tu placard, porque te vi dos veces solamente y te veías espléndida, pero me quedé con ganas de verte más.
Conté tres cepillos de dientes en tu baño, porque quería saber si eras consciente de que te iba a quedar ahí uno más.
Quité las luces de las dos velas que no usabas y quiero que lo sepas para que no te asustes cuando llegues y me veas esperándote e infeliz.
Conté unas líneas y creo que son suficientes, porque te ví por la ventana que estás llegando, y no te sorprendas.
Esto de quedarme contando objetos ajenos lo hago exclusivamente con vos.
Una línea tiesa estaba a la vista
Decidimos evacuar dudas y mirar hacia adelante, nos teníamos parados, finalmente, uno en frente del otro.
te deja el corazón de colores.
Mirarlo y pensar en marcas extrañas, sólo así puede convertirse en una herida que va naciendo para que decidas si se queda
o si no querés.
Era un sabor dulce y gris.
Ya sabíamos desde antes del primer beso que iba a ser magnífico.
Y condenadamente dulce y gris, amor.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Canales y represas


Te miro los labios durante horas y dudo que te des cuenta. Es que me sale de manera espontánea esto de memorizar cada línea rosada, cada contorno que se esfuma, cada curva pronunciada de tu boca. Yo sé que cuando decís "o", por ejemplo, tiendo a morderme mi labio inferior apenas deslizando los dientes, apenas por encima, y apenas me contengo. Me ves.
No pasa nada. Hay enormidades de cemento que distancian una palabra de otra. Canales y represas y diques y submarinos perdidos, litros y litros de agua dulce por encima de las situaciones repetidas, y un radar (que es mío) que no anda.
Se devuelven las palabras al mar. Nos miramos, el horizonte se vuelve infinito, aunque lo era desde antes, pero no lo sabíamos todavía. Que para hacer, había que decir, y mientras tanto, yo te miro los labios durante horas y espero que te des cuenta.