lunes, 6 de noviembre de 2017

Genealogía personal de las violencias imperceptibles: estrategias del macho 2.0



(…) es una antología democrática
Pero por favor no me traigas
Ni sanas ni idependientes.
Susana Thénon

    Soy una mujer blanca, hetero cis, educada, psiconalizada hasta el hartazgo, me han dicho que cumplo ciertos requisitos de la belleza hegemónica, tengo un trabajo estable y en blanco, con un puñado de derechos laborales y en constantes procesos de deconstrucción. No recuerdo el momento en que me sentí y me asumí feminista pero fue una toma de consciencia que me atravesó desde muy chica. Al tiempo que iba conociendo las prácticas machistas y visualizando el poder de aplanadora social que practica el heteropatriarcado sobre nosotrxs, fui, no sin dolor, desterrando de a una, con lupa y bisturí, las costumbres, ideas y prácticas culturales con que perpetuaba el sistema de dominación en el que me asumo con ese puñado de privilegios que enuncié al comienzo, y con las violencias y abusos que adoctrinaron mi cuerpo, mi pensamiento y mi existencia en tanto mujer.
    Siempre me gustó pensarme como una mujer independiente y educada ante todo. Puse en mi formación académica las fichas más valiosas de mi tiempo. La independencia económica me la enseñó mi mamá cuando se divorció y volvió a trabajar para sostener su vida y en gran parte, la mía y la de mis hermanxs. Traté de tener siempre un trabajo en blanco y seguro. Soy docente, también como mi madre. En mi práctica artística apuesto a la autogestión. En la lucha, me organizo con compañerxs en el guevarismo. Regionalmente, elegí seguir viviendo en el conurbano. Intenté descentralizar los espacios de circulación de poesía desde la gestión cultural en los lugares que habito. Desde mi casa hasta la universidad. Me reconozco militante las veinticuatro horas del día. Pero el patriarcado se me cuela, me desborda, me limita y me duele en lo más hondo.
    Siempre fui de boca floja, de lengua karateka, no tengo problema en confrontar y defender mis ideas. Me cuesta más poner mis ideas en cuestionamiento, pero eso es otro asunto con el que lidio a diario no sin menos dolor. Así, independiente, educada, feminista como me reconozco, no fui ajena a las violencias machistas. Pude detectarlas y denunciarlas en procesos de emancipación y lucha social, en la esfera más visiblemente pública pero en lo privado siempre hice agua y me costó muchísimo vislumbrar las causas (no por nada, lxs feministxs entendemos que lo personal también es político).
    La opresión del patriarcado del siglo XXI, despliega estrategias de quebrantamiento para nosotras, mujeres autproclamadas empoderadas, más imperceptibles que nunca antes. Quiero decir con esto que esas estrategias también fueron invisibles para mí durante casi toda mi vida. Quiero decir con esto que, en consecuencia, debe haber miles de estrategias más que al día de hoy todavía no veo, no percibo, no registro, y me violentan.
    El desafío del patriarcado del siglo XXI es desbaratar los movimientos de mujeres desde adentro. Adopta forma de virus y se contagia de manera asintomática. Cuando se empiezan a percibir las marcas que adopta, ya es un poco tarde para razonar y recordar: ¿en qué momento me contagié esto? ¿Cómo pudo meterse tan silenciosamente en mi cuerpo? ¿Por qué me ataca desde adentro? ¿Cómo yo, feminista, tan inteligente que me creía, tan deconstruída, no lo ví venir?
    Ejemplifico esto desde mi experiencia personal pero, nuevamente, me reconozco en las historias de mis pares. En conversaciones eternas con amigas, en cuestionamiento a los varones que me confían sus miedos, en los compañeros de militancia de quienes también dudo bastante.
    Recuerdo escucharme dándole consejos a amigas sobre cómo debían poner fin a una relación opresiva y encontrarme a mí misma en situaciones similares sin saber para dónde correr. Entiendo que enuncio en voz alta, frente a cualquier varón que conozco, que no sólo soy feminista y no sólo no quiero casarme ni tener hijos ni depender económicamente de ellos como método de defensa y de cuidado y que bajo ningún punto de vista tolero violencias ni agresiones. Pero en ese alzar la voz, puse todas mis cartas a la vista y todos –digo bien, todos- los varones con quienes me relacioné afectivamente, tomaron ese discurso en mi contra cada vez que me violentaron. Importante: en esta nota NO hablaré sobre mi padre. Freudianos, abstenerse: me limitaré a los varones que conocí desde la adolescencia en adelante.
    Hablaba de las formas imperceptibles de esta violencia que nos contagia como un virus desde adentro. De eso se trata. La violencia de los varones machos de estas épocas, toma nuestros argumentos y consignas de lucha en nuestra contra y nos silencia, cuando no nos mata, a las que estamos vivas y luchando.
    Un breve recorrido biográfico sobre mi vida afectiva ilustra estas experiencias. Mis experiencias personales son hoy, experiencias de cuestionamiento político.
    Cuando entré en la adolescencia, y mi cuerpo empezó a cambiar, los varones y las mujeres se encargaron de señalarme esta transición al mundo de la sexualización de mi cuerpo. Una hipersexualización que estaba legitimada, desde su punto de vista, por atributos físicos particulares dotados por mi biología y carga genética. Digo esto no por defender ideas biologicistas, sino porque son las ideas del enemigo: sexualizaban mi cuerpo con el argumento de que mi cuerpo tenía características aparentemente sexuales de por sí: curvas, tetas, culo, piernas, atributos que hacen a mi particular fisonomía y que de ninguna manera elegí tener. Cuando mi cuerpo se puso curvilíneo, ahí estaban ellxs para decir que era por eso que lo sexualizaban, haciéndome pensar que la sexualidad tenía más que ver con cómo me veían los demás que como yo podía construir mi deseo. Recuerdo un comentario, a los once años: “el vecino dice que te estás poniendo linda.” Y tenía que comérmelo, al comentario, porque, desde su lógica, tenía que ver más con un producto de mi cuerpo que con una práctica cosificante. Esto me condujo a establecer límites: no quería ser apreciada ni juzgada por mi físico. Quería ser valorada por mis ideas y mi mundo interior. Hice carne estas ideas, empecé a escribir poesía, estudié literatura, hice los procesos para lo que en ese entonces significaba enriquecerme por dentro y si alguien quisera valorarme debía hacerlo por considerarse una par intelectual y no por halagar o señalar la carne que me contiene. A los catorce años, un compañero de taller literario que por esa época tendría entre treintaycinco y cuarenta años, empezó a acercárseme poniendo como eje del acercamiento, que le interesaban precisamente, mis ideas y mi mundo interior. No me decía que era linda. Me decía que era inteligente, que era talentosa, muy madura para mi edad. Esto último, lo peligroso. Es fácil que a los catorce años una no perciba a los pedófilos porque ya se cree muy adulta y más si nos dicen precisamente, que somos muy maduras para nuestra edad.       La herramienta que tienen es alimentar nuestro ego intelectual. Nos reconocen como mujeres inteligentes. Pero cuidado: lo imperceptible del caso es nuevamente que este es el disfraz del lenguaje con el que nos contagian y nos destruyen por dentro, porque por cada “sos muy inteligente”, había una contracara de limitación de mi deseo, el que iba proponiendo límites y reglas del juego era él. No recuerdo por qué, ese intento de levante patético de este hombre que era además, padre de un compañero de la escuela, quedó en charlas en su auto las veces que me ofrecía acercarme hasta mi casa. Su segundo disfraz era el de hombre sensible. Hoy, en la distancia, veo a un lobo disfrazado de cordero, y manipulador, muy manipulador. Le diría a todas mis alumnas que, les digan lo que les digan, no confíen en ningún hombre que quiera tener una relación personal o ínitima con una niña de esta edad. Y estoy siendo generosa: les diría que no confíen en ningún varón. Pero eso lo argumentaré luego.
    Mi educación secundaria fue fácil de atravesar porque el discurso conservador, machista y sobre todo, antiabortista fue detectable a simple vista y no me costó pararme en la vereda de en frente para cuestionarlo. Los trabajos prácticos en los que nos hacían buscar fotos de fetos descuartizados me conmovía, pero no me ganaba la línea, siempre traté de tomar consciencia desde el punto de vista del conflicto social, de clase, de género.
Las dificultades se volvieron más perceptibles en la universidad. Estudié la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Mi aspiración de hija de familia obrera –literal, mi papá trabajaba en Ford y como conté antes, mi mamá docente precarizada- era ingresar en lo que yo entendía, era la meca del conocimiento. Quería ir a aprender todo lo que pudiera, quería ser como Silvio Astier cuando entraba a quemar o robar una biblioteca. Una especie de equilibrio de clase y de oportunidades. Hice todo lo posible por cursar y aprender, pero no tardaron en hacerse carne las estrategias de opresión que operan sobre nosotras, de vuelta, las independientes, las empoderadas, las educadas, las feministas a las que ciertos sectores, con algo de razón, llaman feminismo burgués.
    En el 2010 me mudé con una amiga. Me sentía más independiente que nunca. Podía hacer a mi antojo en el espacio reducido que era un departamento minúsculo en un barrio cheto de Capital. Hicimos fiestas con amigxs, compartimos gastos, nos divertimos. Una de las últimas semanas que viví en esa casa, mi compañera de casa no estaba y yo cachondeaba con un chico que me gustaba hacía tiempo. Lo invité al departamento. Era una mujer independiente y libre, reitero, me sentía indestructible. Hasta que en el sofá, sin preguntar, me metió el pene en la boca sin preguntar y sin preservativo, y yo, sin capacidad para espantarme todavía, creí, me convenció de que la libertad sexual era eso: hacer cosas que no haría una conservadora. Si yo quería sexo casual, tenía que acostumbrarme a que iba a ser así. Cuando lo veía a lo lejos en algún lado, me generaba una sensación de alarma en el cuerpo que me dejaba pensando por qué lo siniestro del asunto. Por qué la sensación de huida. Las señales del cuerpo frente a un agresor suelen empezar con un cosquilleo en el estómago. Cuidado: este cosquilleo del terror se parece mucho al de las mariposas en la panza que nos enseñan del amor.
    El mismo año me enamoré perdidamente. Y digo perdidamente porque en esa concepción del amor que tenía para esa época, enamorarme era perder, siempre perder. Yo me sentía la eterna perdedora. Me reía de eso, lo satirizaba, me convertía en una caricatura de mí misma bajo la siguiente justificación: soy demasiado independiente, demasiado inteligente, los hombres se espantan de este tipo de mujeres en este siglo de empoderamiento femenino. Grueso error, diré hoy, noviembre del 2017, con 28 años a cuestas.
    Un vínculo que comenzó con la siguiente advertencia: mi ex está loca, estoy muy herido, no quiero compromisos, pero salgamos. El varón en cuestión me propuso quererme, decirme literamente “te quiero”, y en ese proceso, operó en silencio para mutilarme, limitar mi deseo. Como yo era muy independiente, repito, no me interesaba una relación de compromiso o “seria”, como llamábamos por esa época a las relaciones monogámicas. El error era pensar que una relación libre no tenía que ser seria, hoy me angustia. Siempre tienen que ser serias las relaciones, duren lo que duren, tengan los arreglos que tengan. Y con esto no me refiero simplemente a tener las cosas claras desde el principio. Porque el discurso de los machos funciona así: te dicen de entrada que no quieren compromiso pero juegan al novio y cuando respondés al afecto y al tipo de praxis que van construyendo, te recuerdan que vos misma aceptaste no tener nada “serio” y que por eso no pueden seguir más tiempo juntos.
    Por situaciones así pasé decenas de veces. Mi manera de evitar la monogamia y los mandatos de género que creí que eran los únicos que oprimían a las mujeres, era buscando varones con afinidades artísticas o intelectuales y desde ahí tantear políticamente su aceptación de mi feminismo y mis luchas. Da la casualidad que todos se maravillaban ante mi discurso y no tenían ningún drama en que yo pagara a medias, o en muchos casos, la totalidad de salidas, telos, entradas a cine o recitales. Otra casualidad sorprendente es que todos estos varones compartían el mismo discurso: te admiro pero no quiero nada serio. Te valoro intelectulamente pero no te enamores. Me gustás físicamente pero no te lo digo porque no lo considerás un valor. Entonces tengamos sólo sexo porque está bueno y porque también te quiero.
    Ese esquema de relación que creí libre fue un tormento carcelario durante años. Llegué a pensar que todos los varones que me iba a cruzar en la vida serían así y que mi culpa estaba en no poner las cosas más claras o los límites de manera más precisa como hacían ellos. Quizá debería decir yo al comienzo de una relación: “me interesa compartir con vos” o “no creo en la monogamia pero sí creo en el respeto”, o “si bardeás a tu ex, que también es mujer, temo que yo sea la próxima bardeada”, o “no me pongas a competir con otras mujeres por tu atención porque eso no es amor libre sino narcisismo machista” y por último “si te escribo un poema o varios no significa que me quiera casar con vos, significa que soy poeta y punto, salame”.
    Recuerdo puntualmente una situación en la que estaba nuevamente perdidamente enamorada de un varón que me parecía el más sensual y talentoso del país. Me angustiaba que no me tenía paciencia. O me hacía creer que yo era una pesada por buscar su afecto o dejar que la relación prosperara en otros sentidos. Luego de meses de intenso descubrimiento mutuo e introspección, donde parecía que nos entendíamos en una burbuja hecha a nuestra medida para la mente, el cuerpo y la cama, me cortaba. Al tiempo volvíamos a vernos y nuevamente, quería terminar la relación. En todo este tiempo siempre me echaba la culpa de que era porque yo me enganchaba con él y parecía ser que yo no entendía que él no quería nada conmigo. Es decir: me decía que me quería y que flasheaba en colores conmigo. Que me admiraba y que lo había ayudado a crecer en aspectos infinitos. Que lo calentaba hasta el abarrotamiento. Pero que yo no entendía que él era claro al decirme que no quería nada conmigo. Algunos grupos de amigxs me decían que yo no me valoraba por salir con estas personas. Siempre fui muy defensora de mi deseo y aunque me costó empezar a empoderarme en este sentido, siento que aprender a desear fue una reconquista de mi cuerpo. Entonces me dejaba llevar por el deseo hasta la fractura de cráneo contra el paredón del límite del macho. Porque los machos siempre nos ponen límites.
    Recuerdo también a algún que otro docente de la facultad con quienes me involucré que, antipatriarcales y aliados feministas como se reconocían, me pedían, me rogaban, (¿qué flasheaban, loco?) que no me enamorara de ellos (¡awantá!).
No diré que manipularon, aunque lo hayan hecho. No diré que me violentaron, aunque el chico talentoso una vez me gritara en su auto “si no te gusta, que te garche otro”. No diré que no hubo responsabilidad mía en el asunto, aunque me creyera muy consciente y deconstruída. El macho a la medida de la feminista es un macho de izquierda, progre, también educado, que opera desde las sombras. Los machos que abordan a las feministas, tienen en claro que no queremos monogamia ni casamiento pero se las ingenian para tenernos como su propiedad: La dificultad está en todos estos casos, de ver en qué medida esos discursos hechos a medida de la feminista del siglo XXI esconden una necesidad de coartar nuestro deseo para poseernos. Porque en ningún momento ninguno de estos varones me pidió que me quedara a su lado. Simplemente lo hice.
    Pero del dolor que me generó el poeta feministo progre que me cogió una mañana cuando yo no quería bajo la premisa “un poquito nada más”, o del antropólogo progre que admiraba mi lucha feminista que se sacó el forro sin avisar bajo la premisa “creí que vos querías así” o del filósofo snob que se hacía el boludo para responder mensajes y me decía que “no usaba el celular” y que no lo molestara, o del zurdo que eternamente me tenía en tono de espera con su “no es que no quiera, es que no puedo”.

    Sus discursos son alarmas de peligro y hay que oírlas. Porque no existen espacios liberados de machismo, y podemos ser muy feministas pero además somos mujeres y el patriarcado sigue operando y mutando para sobrevivir. Nuestra tarea queda en escuchar a nuestro cuerpo y sobre todo, a nuestro deseo. La violencia también es el mutilamiento del deseo y nuestro dolor es el síntoma. Qué hermoso sería recuperarlo. Qué hermoso sería dejar de vivir en esta paranoia cada vez que conozco a un varón. Qué hermoso sería entablar vínculos sin poner la fecha de vencimiento anticipando el límite del noteenamores que vendrá. Qué hermoso sería este terreno ganado para mis compañeras feministas. Qué hermoso sería, ya que la heteronorma me ganó para sí, el equilibrio de un varón que no me limite el deseo y que no me haga sentir culpa por lo que soy y defiendo. Digo qué hermoso, porque con los machos infiltrados, como dijo el cuervo: nunca más.

(Invito a lxs compañerxs a que me compartan sus fragmentos discursivos o historias que entren en este tipo de violencia silenciosa, a la que llamo mutilación del deseo femenino como método de opresión de las mujeres feministas. Las iré adjuntando de manera anónima al final de este texto.) 

5 comentarios:

Aye dijo...

Hola Quappi! Compartí tu nota con un grupo de lecturas feministas justamente porque varias andamos pensando en las relaciones hetero y en cómo deconstruirlas, etc. Tu nota generó adhesiones, entusiasmo y también cierto pesimismo, por esto del virus que se cuela y nos vuelve a poner en un lugar del que creíamos haber salido. No sé si recopilaste más anécdotas o teorización relacionadas al tema o si lo seguiste pensando (individual o colectivamente), pero estamos interesadas en seguir el hilo del debate. No sé si podremos aportar alguna anécdota (cuesta mucho pensarse, repensarlas y volver a criticarse cuando ya nos creíamos suficientemente criticadas) pero estaremos acá rumiando las mismas ideas. Saludos!

Camila Alfie dijo...

Hola! Te escribí a tu mail, saludos!

Quappi dijo...

Hola Aye:Me emociona y me esperanza que este texto tenga sus réplicas y debates. Fortalezcamos la sororidad. La idea de juntar anécdotas y recopilarlas es para reforzar la idea de que lo personal es político y también para que en el acto de escritura, se haga consciente la violencia y se vuelva perceptible para nosotrxs y para lxs otrxs. Mandame un mail a quappi.flor@gmail.com o contactame por FB: Florencia Piedrabuena

Camila, ya mismo te leo. Gracias por sus comentarios, chicxs.

Ivana dijo...

Hola aye me encantó tu nota.soy mucho más grande que vos y he pasado por otro tipo de experiencias machistas y patriarcales pero no menos violentas. No es casualidad que todas las mujeres de la flia pasamos por lo mismo. Inteligente independiente educada hasta no parar nunca de estudiar pq me gusta siempre encontré en los hombres y muchas mujeres la crítica a veces abierta otras de reojo fingida o disimulada la rabia porque te rebelas pq gritad pq contas lo que q es secreto oscuro lo que debe ser callado.
Como consecuencia el castigo siempre fue la culpa
Culpa por ser curvilínea, por ser inteligente, por querer progresar y todo pasaba a ser sos provocativa con tu cuerpo, sos demasiado ambiciosa en tus estudios y trabajo, te crees que sabes todo.
Repito no sólo viví esa violencia de parte de los hombres sino de un gran número de mujeres que me atacaban sin piedad.
Y tb viví esa violencia patriarcal cdo dps de años y años de haber ayudado a mis padres y de hacerme cargo de enfermedades, deudas, etc etc, cdo llegó el momento de ser heredera viví la mayor violencia , la de no ser. La de no pertenecer, pq para no darme lo que era mío por herencia, decidieron desconocerme como hermana, como tía, como familia.
Fue tanta y tan brutal la violencia que esa injusticia despertó que se produjo un tdunami que obviamente terminó de la peor manera de la más trágica y de la que por supuesto los violentos me responsabilizan.
Como trabajo en terapia desde hace doce años mi personalidad pude aprender a no agarrar como propias culpas ajenas y poner prudente distancia de las personas que pueden complicarme aunque esto significa muchas veces estar más sola de lo que quisiera.
No creas que aprendí a cuidarme lo suficiente, aún caigo en trampas y en las de pareja ni hablar.
Sigo trabajando como bien decís en estar alerta a las señales luminosas, a los semáforos rojos o amarillos a las dudas que te despiertan en la mitad de la noche.
Si para uds es difícil imaginen para nuestra generación que fue la que abrió el camino de salir a trabajar a estudiar todo siendo esposa madre hija amiga y etc etc.
Ojalá haya más repercusión de estos temas para que entre todas nos pasemos información de lo que tenemos que ver y hacer y de mi que vale la pena o mejor dejar pasar.
Gracias por el espacio.
Besos

Quappi dijo...

Ivana, gracias por la lectura y compartir tu experiencia.

(mi nombre no es Aye sino Florencia)