lunes, 8 de abril de 2013

Mi lengua inquieta


Uno, dos, tres
fines de semana seguidos
yo te intimido, tú te intimidas, 
y nosotros apenas garchamos, querido.
Cuatro, cinco, seis
polvos fallidos,
yo me reprimo, vos chiquitito
cara de sueño
qué desperdicio.
Siete, ocho, nueve
sábados y domingos,
llamadas perdidas
whatsapp,
mensaje nuevo,
¿Flor?
Me corté el flequillo.
Ahora resulta
que es el flequillo,
que yo no intimido,
que es mi flequillo,
que es mi actitud,
que es mi voz
que es mi cuerpo
que es mi forma de pensamiento
que son mis manos hábiles
que es mi lengua inquieta
que son mis tetas
que son mis tetas
que son mis tetas.

miércoles, 3 de abril de 2013

Pater, Patris, Patria





Cuando era muy chica hablaba mucho con mi papá, más que ahora. Él tenía problemas para dormir, no dormía nunca. Se iba a la cama tarde, o se quedaba en la cocina y yo lo acompañaba. Mi viejo es un tipo misterioso, siempre supe que guardaba secretos pero en la superficie de lo habitable por los recuerdos. Hablábamos por las noches. Él se hacía un té y yo escuchaba la pava hervir y me iba descalza y me sentaba porque quería escucharlo. Nunca me había dado cuenta hasta ahora de la importancia de ese ritual, del té. Cuando no me puedo dormir, voy a la cocina y me hago un té y la noche es hermosa y un poco siniestra poque le encuentro cierta belleza a los momentos que espero cuando colapsan. 
Así crecí escuchando sus historias de la guerra. Sus historias de la infancia, de la adolescencia. De sus viajes en barco por el mundo y de cuando fue a la guerra. Yo no creía que él fuera un héroe. Nunca lo pensé así. En la escuela hablaban de los héroes de Malvinas pero yo pensaba en mi papá como algo más humano, menos mítico, porque lo conocía sufriente. Distinto de las fotos de los chicos de la guerra, que mostraban caras de miedo. La de mi papá siempre fue una mirada llena de frío y también de confianza, podía ver los pensamientos que sabía que tarde o temprano iban a serme transmitidos en mi herencia y por eso siempre que pude le escribí. Como una transposición de las cosas que me contaba pero que le costaba arrancarse del cuerpo, de todas las cosas que no lo dejan dormir.
Siempre me pareció que cada vez que lo encontraba en la cocina con la mirada perdida, se estaba escapando a los lugares simultáneos en los que habita. 

En aquellos días, cada vez que alguno de nuestros compatriotas caía en combate, cualquiera fuera su jerarquía, arma o credo, sin distinción alguna, pensábamos en él, aunque fuera por un instante, pensábamos y sentíamos como quien siente por un hermano, como sería, aunque no lo conociéramos personalmente, cómo estarían sus padres, hermanos, hijos....
En aquellos días, sentíamos que perdíamos un hermano y que parte de nuestras vidas se iba con ellos; en la medida que fueron pasando los años y nos volvimos mas viejos, los recordamos, los sentimos ya no como hermanos sino como si fueran hijos, tal vez porque fuimos padres. Y hoy nuestros sentimientos son los mismos de aquellos padres que perdieron a sus hijos inmolados en la batalla. Creo que no hay sacrificio mayor que el de
entregar la vida de un hijo a la Patria, aún más que el de nuestras propias vidas.

Una persona que va a matar o a morir necesariamente vuelve cargada de muerte. Por eso cuando mi papá supo que yo empezaba a pensar diferente de él, ya no charlamos sino que discutimos evitando caer en la trampa de la condena, que es un poco como condenarnos a la vida. Es que él sabe que no me contó sus historias en vano. Me las llevo a otro lugar diferente: de la Patria a la Patri, de la guerra a la lucha, de la convicción a la conciencia de clase.
Esos segundos en los que lo miro y hacemos silencio son los momentos en los que esta historia encuentra su síntesis.

martes, 2 de abril de 2013

Latte grande




¿No te pone triste, 

no te da dolor? 
¿La crueldad de unos con otros, 
la sombra del rencor? 



No estoy triste.
Sólo me gusta escaparme,
chocarme,
salir a caminar
gastarme las suelas cuando estoy meditando.
Suele pasar después de un rato
sobre todo cuando me despierto en la superficie
del que me invitó hace un rato a recorrer su mundo.
No hay pena ni gloria
en caminar sola
por eso lo elijo.
Quise desprenderme de los cuerpos
para hacer del mío algo más mío,
y caminé
para recuperar el aliento
en un día feriado.
Arriba no hay nada nuevo
y el piso también está nublado.
Las personas tienen una temporalidad distinta
en la calle
que en la cama,
porque en la calle nos chocamos
y nos vemos irnos, 
pero nunca nos vemos acabar.
No pasa nada. Es cotidiano.
La sonrisa de la chica del mostrador también.
Yo no estoy triste.
No me pone triste
y no me da dolor.

Soy el género femenino de la palabra patán,
ya lo sé.
Pero los días amargos tienen este sin razón de ser

que me saca de quicio
y me siento sola.
Terriblemente más sola
que cuando decidía buscar una noche en la distancia
un revés de camisa de hombre del que preferí huir.

Latte grande,

con espuma
para que me borre el sabor  a plastilina de la lengua
porque
siempre pensé
que el sexo también tiene gusto a juguete.

Beso mucho, escribo poco.
Es que las cosas destinadas a sentirlas
me empecino en evitarlas.
Por eso mezclo azúcar y edulcorante
en el Starbucks de Acoyte.
Muy posmo, ¿no?
Me gusta escaparme,
chocarme,
ponerme a pelear.
Y patear un rato sola
refregándome la soledad en la que me suscribo
después de cada polvito express.
No me pone triste.
No estoy triste.
No me da dolor.

sábado, 23 de marzo de 2013

Ay, Andrea



Ay, Andrea, vos sí que sos ligera.
Ay, Andrea, qué astuta que sos.



Dijo: -Me violaron, mamá, me violaron.
No le creían.
(Su hermana también había caído embarazada
la noche anterior)
Andy quería salir aquel fin de semana
y se fue a lo de su amiga que
tampoco le creyó.
La panza no era de gorda, 
pero así no podía bailar.
Llegó a pensar que iba a tener que escaparse
el sábado 
y se hizo prófuga.
Dijo: -Me violaron mamá
el día que siguió.
No le creían.
Andy se escapó el viernes a la madrugada
y se fue con su noviecito 
a un hotel.
No era su primera vez, claro,
pero tampoco es necesario aclararlo,
su novio tenía dieciséis,
y ella estaba gorda, otra no le quedaba.
Después te preguntás, 
si un pibe de dieciséis
se coge a tu hija de trece,
qué hacés.
Y, lo cagás a palos.
Imaginate que la agarre uno de treinta.
Lo matás.
Bueno,
al otro día, el sábado,
ella dijo: -Me violaron.
No le creían. Claro 
que no le creían.
Andy cuando salía
chupaba pijas por tragos,
el barman le decía
"acá tenés tu trago amargo, 
pichona"
y ella iba y le bajaba el cierre de la bragueta
y hasta el fondo nomás.
No me voy a poner moralista.
Que las nenas bien esas cosas no las hacen,
porque las hacen,
nenas o no.
Pero imaginate que a tu hija de trece
la agarre uno de treinta
por atrás,
sin pedir permiso,
sin decir "sorpresa",
en el baño contra la puerta,
imaginate el grito pelado de la piba,
que al otro día dijo "me violaron"
y nadie le creyó;
y vos,
mirando la noticia
de la nena de trece que apareció embarazada a la semana
y que a los meses no sabía qué hacer y abortó
y se murió,
imaginate diciendo que eso le pasó por trola,
hablando con tu vecina,
a la que te cogés cuando no está tu señora,
pensá cómo ella se quedó dormida al lado de la reja que cierra mal
en el fondo del pasillo de la casa 
que bordea tu casa
y que da al baño
imaginate que para terminar de desangrarse se fue al baño oscuro de noche,
esa noche que los perros se pusieron a ladrar a coro
y vos no podías dormir,
acordate de cómo no podías dormir por el llanto de los perros,
esa noche la nena era una perra más
durmiendo su última noche entre los animales
recostada contra la puerta improvisada del baño
abrazando el fetito que se le había salido del cuerpo
envuelto en un pedazo de toallón
como si fuera un mueñequito de trapo,
la putita del barrio,

qué mal la pasó. 





domingo, 17 de marzo de 2013

Veranos en marzo


Los veranos que pasaron durante los últimos años de la década de los noventa los pasé en la bañera del baño, el único y primer espacio terminado de la casa a la que nos mudaríamos tiempo después con mi familia. Los sábados que mi papá no iba a la oficina, nos traía a la casa de Pacheco, a la tardecita, a ordenar cosas. Materiales de construcción, inspeccionar esquinas, a veces pintar algo que no había quedado bien. Los días de mucho calor, llenaba la bañera y nos dejaba ahí jugando mientras él hacía sus cosas.
Ayer fui a visitar la nueva casa de mi papá. Se está mudando como por tercera vez desde que lo conozco, y no sé si llamar mudanza al movimiento de regreso a la primera casa que conocí, porque sería raro. La casa está distinta. Pero fue un alivio encontrar que ahí también hay paredes que todavía falta pintar. El olor a enduido, el polvillo y su incipiente aroma metálico; y el paso del tiempo, siempre viene con estos olores rancios el paso del tiempo. Sobre todo a principios de marzo.

lunes, 11 de marzo de 2013

sábado, 2 de marzo de 2013

Combustión espontánea



Me gustás porque sos de esas personas que odian el instagram
pero que si pudieran tenerlo lo usarían hasta el cansancio.
Me gustás porque decís que sos humilde
y no tenés problemas en gastar los fines de semana
cuatroscientos cincuenta pesos en salidas y alcohol.
Me gustás porque sos libre
de repetir cuanto afiche leas por el camino a la facultad
y sobre todo,
porque estás tan comprometido con el presente
que pensás que todo pasado fue mejor.
Me gustás porque te comprás esos lentes gigantes para demostrarlo
y decir que leés un libro que te ayuda a entender mejor el mundo
(Galeano)
pero que mientras tanto vas a cargar en tu mochila
por si acaso.
Me gustás porque me escribís que no te gusta estar atado a nada
y me lo dejás con una canción en tu muro de facebook
mientras actualizás tu estado desde el celular.
Me gustás porque sos honesto
y me decís que te guardás el cambio que no le dejás al mesero
y porque cuando hablamos de amor
me gustás más.
Cuando hablamos de amor, lo hacés con canciones, y con dibujitos de Liniers,
de esos que me gustan tanto
para no caer en el cliché.
Nos gustamos tanto más que lo que se gustan el resto de las personas
que compramos dos entradas para ir a un recital a que nos toquen
esas canciones
y podamos ser más originales
y más frescos
diciendo que nos gustamos
y nos divertimos 
pero que nada más.
Pero me gustás tanto más que eso
porque me hiciste prometer
que nunca,
nunca,
debíamos hablar de amor
porque en los tiempos que corren
el amor se corroe con la palabra 
y durante el acto mismo de decirlo
vos, que me gustás tanto
corrés el riesgo de morir por combustión espontánea
(y yo no quiero que te pase eso).